VIAJEROS ROMÁNTICOS, BUSCADORES DE EMOCIONES

Tras la Guerra de la Independencia, España se puso de moda y nuestra ruta se convirtió en un camino muy transitado de entrada o salida de aquellos viajeros que querían descubrir por sí mismos esta tierra legendaria de la que tanto se hablaba. Desde Gibraltar, todos, atravesaban la serranía rondeña con prolongación posterior hacia Granada, Córdoba, Sevilla y Málaga. Aquí el turismo comenzó a abrirse paso, y los viajeros románticos, a centenares, adoptaron este territorio impresionante, Campo de Gibraltar y Serranía de Ronda, como uno de sus grandes iconos románticos.

Alexander Slidell Mackenzie
(1827)

“De todas las extrañas localidades que he visto, Ronda siempre me ha parecido una de las más peculiares; de hecho, Suiza, con toda la magnificencia salvaje de su paisaje, tiene pocos sitios más apropiados para desconcertar y asombrar al espectador. En medio de una vasta cuenca, rodeada por un anfiteatro de imponentes montañas, se eleva una pequeña plataforma formando una meseta, limitada por altos precipicios y rodeada por un fértil valle”.

Washington Irving
(1828)

“Hay algo en la austera presencia de este paisaje español que hiere el alma con un sentimiento cercano a lo sublime […] El Puente de Ronda une dos precipicios. Un profundo barranco separa las dos partes de la ciudad. Chumberas, áloes. Matorrales verde oscuro. Golondrinas volando bajo. Rumor del agua. La vieja casa del Rey Moro. Casas y pequeños jardines que se asoman al abismo. Rocas como torres y bastiones. Un destello de sol. Niebla que se apresura. La lluvia que baja desde las montañas”.

Benjamin Disraelí
(1830)

“Te lo diré en dos frases: la novedad de lo que contemplamos era grandiosa y la región hermosísima […] El aire de las montañas, los amaneceres, el irresistible apetito, la diversidad de tanta gente pintoresca, las cosas que conocimos y el peligro inminente, me hicieron experimentar una vida encantadora”.


Astolphe de Custine
(1831)

“No obstante las vistas que tenemos de la Bahía de Algeciras, al salir de San Roque, son de una magnificencia incomparable. ¿Qué me importa la desolación y la desnudez de los campos? Un cielo azul, tan profundo y libre como el pensamiento, un mar de cristal y montañas cuyos colores se asemejan a las vetas de los mármoles más bellos ¿no bastan para compensarme las incomodidades de esta naturaleza? Aquí nada es rural ¡Todo es sublime!”.

Richard Ford
(1831-33)

“Dejando Gaucín, se llega a una tremenda bajada por una especie de escalinata dislocada por un terremoto, que salva la barrera amurallada que cierra la frontera de Granada. El camino parece hecho por el diablo en el jardín colgante del Edén. Un bosquecillo de naranjos en las orillas del Guadairo (sic) da la bienvenida al viajero y le dice que ya ha pasado la Sierra. Hay que cruzar y volver a cruzar el río, bordeado de adelfas, y es muy peligroso cuando llueve”.

George Dennis
(1836)

“Toda la región que se extendía varias millas al sur de Ronda estaba cubierta de vides y cereales. Desde una cima a la distancia de una legua miramos hacia atrás a la ciudad de Ronda que coronaba el precipicio por la parte derecha, a nuestros pies se extendía un fértil valle y frente a él se extendía una cadena de montañas, algunas desnudas y escarpadas, otras vestidas de verdor en sus propias cumbres, y detrás de ellas se alzaban en grandiosa sublimidad los picos grises de la Serranía de Ronda”.



Charles Edmond Boissier
(1837)

“Todos, hasta los ingleses, habían adoptado el traje andaluz (Feria de Mayo de Ronda), pero su modo de andar y su fisonomía traicionaban rápidamente su origen. En numerosas filas de puestos y tenderetes se vendían desde caramelos y juguetes de niños muy parecidos a los de nuestras ferias, hasta las obras de orfebrería más valiosas. Por aquí un guitarrista atraía a la gente con sus acordes, por allá un títere ejecutaba sus juegos de manos; por todas partes se oían retumbar los gritos de los aguadores y el tintineo monótono de las campanillas que anunciaban la cercanía de unos vendedores de lamparitas de forma antigua”.

Charles Wainright March
(1852)

“Precipicios inminentes se levantaban sobre mí, dentados y amenazantes. Las rocas se apilaban unas sobre otras, confusamente, como si los mitológicos titanes hubieran intentado escalar los cielos por aquí. Entre la ciudad y mi persona, aparecía el tremendo abismo, cuyos temores se hacían más profundos bajo los tímidos rayos de sol. El aliento de la montaña, alimentado durante el día con las incontables flores silvestres, cargaban el aire con su perfume. Feliz, pensaba yo, el hombre que puede contemplar tales escenas, que puede oír tales sonidos del agua, que puede inhalar tales dulzuras”.

Juliette de Robersart
(1863)

“Toda la región que se extendía varias millas al sur de Ronda estaba cubierta de vides y cereales. Desde una cima a la distancia de una legua miramos hacia atrás a la ciudad de Ronda que coronaba el precipicio por la parte derecha, a nuestros pies se extendía un fértil valle y frente a él se extendía una cadena de montañas, algunas desnudas y escarpadas, otras vestidas de verdor en sus propias cumbres, y detrás de ellas se alzaban en grandiosa sublimidad los picos grises de la Serranía de Ronda”.


ARUVIRO

BLOG

HEMEROTECA

VIDEOTECA

NOTICIAS

CONTACTO